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Colaboraciones

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Una boda me llevó de vuelta a San Miguel de Allende hace unas semanas. Los matrimonios se han convertido en una industria en esta comunidad que UNESCO nombró Patrimonio de la Humanidad: San Miguel, que se está beneficiando de la tendencia de destinos nupciales. Esto es comprensible. Es mucho mejor un altar en una capilla colonial que la ceremonia en una playa por el Caribe. Los ojos de los invitados deben estar en la novia, no en una guapa niña en bikini.

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Para variarle un poco a la tónica de los meses previos, este mes hago una reflexión diferente. Hay una expresión en inglés: “ignorance is bliss”, que se traduce más o menos como “la ignorancia es felicidad”, hoy que estamos más informados pero nos quejamos más que nunca, de nuestro trabajo, de nuestro cónyuge, del gobernante, de las transnacionales, de los maestros, de la contaminación, del empleado de la gasolinera, del café, del desayuno, del tráfico, de Trump y de todo; es curioso porque las cifras demuestran que nunca hemos estado mejor.

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Les tengo una buena noticia. Los aeropuertos están cambiando para mejor. El transporte aéreo puede ser más incómodo que nunca, pero no tiene por qué ser tan malo para quienes están dispuestos a gastar unos pesos más para sentarse en la sección “economy plus” o, mejor aún, en “business class”. Y en los aeropuertos, muchas salas VIP -como el de la recién inaugurada Terminal 3 en Cancún- están abiertas a cualquier persona que esté dispuesta a cubrir una suma para poder entrar. Luego están los patios de recreo, jardines, terrazas al aire libre, cascadas, balnearios, supermercados, salas de meditación, iluminación solar, salas de lactancia y todo ello con una mayor sensación de espacio y naturaleza. Todo esto, como era de esperarse, tiene un precio.