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El valor del sentido y la autenticidad en la hospitalidad

por Rodrigo Betancourt

Desde hace unos años, la autenticidad se ha convertido en el eje que define el turismo de lujo contemporáneo. Los viajeros experimentados ya no buscan únicamente confort o exclusividad por el precio, sino sentido. Quieren alojamientos genuinos y actividades que cuenten algo verdadero, que conecten con la memoria del lugar y que conviertan una estadía en un relato personal.

Después de más de 15 años en la industria de la hospitalidad, mi manera de viajar ha evolucionado naturalmente. Escribo este texto desde Nueva Zelanda, meca del turismo regenerativo y un sitio con significado, ya que fue el primer destino que representé en México haciendo Relaciones Públicas.

Los lugares que respetan y celebran su identidad son los que perduran en la memoria. Ésta no es un adorno, es una mezcla de historia, sabores y relatos. Cuando un territorio protege sus prácticas y las incorpora en la oferta turística, preserva su patrimonio y lo comparte de forma digna. Ahí es donde surgen las experiencias que realmente transforman, hoteles con narrativas interesantes, paseos guiados por quienes habitan ahí, talleres con artesanos locales, mercados donde se reconoce al productor. Estos encuentros generan un intercambio real, y como huésped no te limitas a mirar, sino que entras en diálogo con el entorno; conversaciones con el personal, los lugareños o con otros huéspedes, también nutren la aventura.

Aquí en Queenstown, mis opciones de vivencias han ido desde paisajes sobrecogedores, viñedos orgánicos, o visitar una granja rural con vacas de las tierras altas y perros pastores, travesías que me hacen conocer sus raíces y me recuerdan por qué la autenticidad importa.

Y más allá de los destinos, los hoteles con encanto son la materialización más palpable de esa filosofía. En lo personal, prefiero los hospedajes con propósito y que guardan historias en cada rincón, colecciones de arte de propietarios apasionados, textiles creados por comunidades, muebles restaurados y artesanías que dialogan con el espacio. Esos detalles, a los que muchos pasarán por alto, hacen inmersiva la estadía. Dejar atrás lo genérico y el minimalismo replicable en todas partes es una alegría para mi decorador de interiores interno.

En los últimos meses me he hospedado en puntos que ejemplifican esta filosofía, Wildland, un castillo en el norte de Escocia que te recibe con té y shortbread recién horneado; el hotel Fitzroy en Auckland, alejado del bullicio, con techos altos y una identidad ligada a las galerías de su barrio; el Four Seasons Bora Bora, que ostenta una granja restauradora de corales con impacto ambiental positivo; y uno de mis siempre favoritos, Playa Viva en la costa de Juluchuca, Guerrero, donde dormir en una casa en un árbol frente a una playa naturalmente imperfecta es solo el inicio de una lección constante sobre turismo regenerativo.

El servicio es el hilo que eleva todos esos elementos al siguiente nivel. No hablo solo de eficiencia, sino de detalles pensados que te hacen sentir visto, tu café favorito en la mañana, una limonada cuando regresas de una excursión, un chocolate antes de dormir, e incluso el más básico, que te llamen por tu nombre. El servicio memorable mezcla profesionalismo con humanidad, es cálido, pero técnico cuando debe serlo.

La gastronomía y el vínculo con el territorio son cruciales, conceptos farm-to-table elevados al máximo esplendor, productos orgánicos de la región o sembrados en el hotel, cocineros locales que conocen los movimientos estacionales y chefs de renombre que interpretan tradiciones con respeto. Comer en un lugar así dentro o fuera del hotel, no es solo saciar el hambre, es participar en la cadena que sostiene al destino, desde el productor hasta la mesa. ¿Quién no recuerda con gusto la ensalada de jitomates nativos de Levadura de Olla en Oaxaca?

La personalización es otro factor importante, conviene entenderla como adaptación cultural responsable. Proponer experiencias exclusivas no significa imponer un guión, significa escuchar para ofrecer opciones que permitan al huésped elegir su forma de relacionarse con la zona. Mi tour de mañana con la empresa Black NZ promete ser único, personal, absolutamente excepcional y memorable, con impresionantes vistas de la naturaleza alpina; y despúes de algunas preguntas, dice estar diseñado para reflejar la singularidad de cada viajero. También es interesante como describen a sus clientes como exploradores inteligentes del mundo, sofisticados, expertos en viajes y ansiosos por descubrir los tesoros de esta extraordinaria región. Con esas reseñas, estoy entusiasmado.

Al final, el verdadero lujo no se mide por cuánto cuesta, sino por cuánto te hace sentir. La hospitalidad con sentido deja huella positiva en su entorno y en la sociedad que la rodea; es coherencia, es la capacidad de convertir cada estancia en un viaje sin prisas y lleno de historias.

Para mí, viajar así a destinos con identidad y hospedarme en hoteles auténticos, es la forma más lujosa de todas, la que enriquece y perdura.

 

 

Rodrigo Betancourt, Estudió comunicación visual en la Universidad de la Comunicación con un posgrado de Planeación y control de medios. Es un publirrelacionista independiente de hoteles de lujo, destinos y aerolíneas.

Con más de 16 años de experiencia, ha tenido clientes como Air France, KLM, Turismo de Nueva Zelanda, Islas Caimán, Tahiti, Marriott International, Hyatt Hotels, Aeroméxico, y muchos hoteles boutique y de lujo.

Él es un sibarita que ha recorrido más de 50 países del mundo.