Memoria de Golconda

Por Raúl García-Morineau

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Fue en pleno verano cuando visité Golconda por primera vez. Al salir del auto, un sol blanco de casi 50 ºC abrasó mi cabeza, la sentía como una olla exprés a punto de estallar y corrí hasta un árbol con más ramas que hojas para protegerme bajo su raquítica sombra. Poco a poco me fui aclimatando y después de las palabras de Naga que describían la ciudad de la dinastía Qutub Quli como el naufragio de un barco antiguo, olvidé el calor y me concentré en las almenas y ojivas derrumbadas sobre la colina coronada por el Baradarí, el antiguo pabellón de audiencias. Al contemplar los escombros de esta ciudad, no pude evitar sentir un nudo en la garganta ante el espectáculo de tanta grandeza en su proceso de extinción. Lo mismo experimenté cinco días después caminando entre los templos y bazares desmembrados de Vijayanagar, o años antes en Angkor Wat y en las reliquias romanas de Pompeya y Leptis Magna en Libia.

Las grandes tumbas como las Pirámides de Egipto, el Valle de los Caídos e incluso esa etérea maravilla del Taj Mahal, a pesar de su inmensidad o su belleza, son monumentos sin biografía, intentos artificiales de perpetuar el nombre de un monarca. Jamás irradian la energía de las viejas ciudades donde fermentó el caldo de la vida y donde sus príncipes, artesanos y mercaderes bregaron, amaron, vieron nacer y morir a su gente, comieron, se embriagaron o huyeron con los ojos desorbitados de las cimitarras invasoras. Ningún mausoleo de emperador o poeta, llámese Akbar el Grande, Napoleón Bonaparte o Hafiz poseen alma como esas piedras llenas de tierra y liquen que han sobrevivido a las bancarrotas de las civilizaciones.

Sus templos vacíos, los muros quebrantados de palacios y fortalezas exudan todavía las emanaciones y hedores del hombre, de sus intrigas cortesanas, las plegarias cargadas de peticiones, aromas rancios a incienso añejo, al hollín de lámparas de aceite y la esencia de las adrenalinas, la pólvora y el inaudible eco de los cañones que yacen sobre los bastiones con sus hocicos abiertos como lagartos muertos.

Calakmul, Palenque, Tajín, Palmira, Persépolis, el Foro Romano, Angkor Wat y en la India Mandú, Golconda, Vijayanagar o cualquier urbe antigua donde se escenificó la historia y de la que un día emigró la vida o fue arrancada de tajo por la catástrofe o la guerra, conservan aún el ardor de la sangre y del horror en sus calles desarticuladas y sus palacios caídos que a su lado el Arco del Triunfo, el Monumento a Víctor Manuel de Roma o el de Lincoln y otros emasculados remedos helénicos en Washington me parecen sólo enormes maquetas de cartón.

Para darme una idea de la sensibilidad de aquellos sultanes de la India meridional que invirtieron la mitad de sus vidas luchando entre sí, arrasando pueblos y decapitando enemigos, Naga me leyó una traducción realizada por él mismo en inglés y que ahora traduzco como puedo al español:

“Venid, amigos, vayamos juntos
a despertar las nubes de las montañas.
Engalanemos nuestros platos con gemas
y con guirnaldas de perlas nuestro canto.

“Dejad que el viento nos traiga perfumes del jardín
y que el peregrino dance a la gloria de Alá.
Bailemos también y cantemos hasta la aurora
mientras los crótalos reverberen con el aliento del jazmín.

“Cantemos con la llama del corazón encendida,
y elevemos las copas de vino
hasta que las fuentes de los ojos
viertan lágrimas de amor”.
Escrito en 1670 por Abdulla Qutub Shah, el penúltimo de la dinastía que gobernó Golconda. ‹


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